La vida se sustenta en rachas

Rachas buenas, rachas no tan buenas y rachas nefastas. Lo bueno de las rachas es que siempre existe el gris. El punto neutro, en el que tu cuerpo y mente se ponen de acuerdo para decir basta. Cuando ofreces más de lo que recibes, cuando te llega ruido y te ensordece el alma, cuando tus pensamientos son voces que se sobreponen las unas con las otras, ahí, en ese mismo instante, aparece de la nada ese click que genera el cambio y te resetea el alma, ofreciéndote una segunda oportunidad.

La culpa y yo

No, no vengo sola. Traigo mi culpa. Esa que no deja de perseguirme aunque cierre los ojos. La misma que me dio la oportunidad de intentarlo una vez más, y otra. Porque costó que se acabara la tortura. Costó tiempo y energía. Costó mi libertad, ya no la quería, ¿para qué, si no podíamos ser libres juntos? No es libre aquel que se siente culpable del tiempo pasado.

Dejarse llevar no siempre es bueno

¿Cuántas veces escuchamos eso de “déjate llevar”? ¿Sabemos lo que conlleva “dejarse llevar” en toda su plenitud? Dejarse llevar supone actuar con el corazón y dejar la mente en blanco. Dejarse llevar significa hacer caso a tu instinto y obviar lo que te rodea. Esa voz que susurra que sigas, que no importa la profundidad del precipicio, que puedes saltar porque saldrás ileso y no tendrás ningún rasguño.