Dejarse llevar no siempre es bueno

firma alaia

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¿Cuántas veces escuchamos eso de “déjate llevar”? ¿Sabemos lo que conlleva “dejarse llevar” en toda su plenitud? Dejarse llevar supone actuar con el corazón y dejar la mente en blanco. Dejarse llevar significa hacer caso a tu instinto y obviar lo que te rodea. Esa voz que susurra que sigas, que no importa la profundidad del precipicio, que puedes saltar porque saldrás ileso y no tendrás ningún rasguño.

¿Pero qué hay de todo lo demás? Las señales, los mensajes que encuentras en el camino, esas que alertan sobre el peligro, sobre la magnitud de las circunstancias adversas que siempre existen. Siempre está la posibilidad del “no”, aunque lo ignoremos. Aunque olvidemos la importancia de lo racional y las consecuencias que, muchas veces, acarrea el dejarse llevar. No todo es blanco o negro. Existe el riesgo y, por qué no, el peligro de que no salga bien o, al menos, como tú querías. Las pequeñas heridas se crean sin querer, sin que uno se dé cuenta de que la vida, a veces, golpea. Y lo hace de forma sutil pero siempre queda el recuerdo en la piel de que no todo vale.

Cuando tomamos decisiones, el subconsciente se despierta y actúa, a veces, de la manera correcta, a veces, no. Por eso es necesario no fiarse del primer pensamiento, ni del segundo. Alejarse del yo y mirarlo en perspectiva, como lo haría cualquier persona ajena a ti. Considerar todas las posibilidades, sin dejar ninguna en el tintero. Es entonces cuando eres consciente de que existe esa voz, pero la oyes de lejos. Está en tu mano hacerla más audible o disiparla con hechos que hagan que la opción correcta salga por si sola. Decídete.

 

 

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