Por el 7

Hasta hace dos meses hubiera dicho que, por supuesto que me faltaba algo. Brillaba tanto su ausencia, era tan palpable el hueco negro denso y frío, que no me hacían falta convicciones ni empujes para agarrarme al clavo que había dejado de llamarme para gritar mi nombre.  Además, todo iba en contra: todo aquel que había jurado libertad eterna abandonaba sus creencias en son de la compañía, las palabras bonitas, las caricias, las pasiones. Incluso aquella que juraba y perjuraba que sus años mozos las pasaría bajo la tutela de su propia sombra, caía en las redes del amor como cae una mosca en la telaraña: por sorpresa.

Supongo que tanta hoja pasada de vuelta, al final, provoca el anhelo incontrolable de alguien que se mantiene a la espera, y tan a la espera, tras esa esquina que nunca termino de cruzar. Por eso, cuando me preguntaban, yo también formaba parte de ese grupo selecto al que Cupido había disparado cuidadosamente. Tenía hasta un cuenco (me gustaba llamarlo cuenco, cuando realmente, era un cenicero para esas colillas que me fumaba en soledad) como prueba de que yo no estaba sola en esto. Yo era una más. Lo tenía (casi) todo, que en realidad, era nada y menos. Los clavos, si no los clavas bien, molestan, arañan, se tuercen, y arréglalo después.

Por otra parte, siempre he apostado por el placer de que uno haga lo que le venga en gana. Ahora, hay un pequeño matiz que me gustaría resaltar: lo que quiera, pero con cabeza. La gente es gente, con sus limitaciones y sus pequeñas manías. Hay quién huye con un cielo regalado y luego está la liberal que, andevamosaparar. Que cualquier sitio está bien y que sea o blanco o negro no va a provocar una catástrofe pero, ojo, que el que va de gallo ha de saber cacarear con arte y estrépito. Al final, todo se sabe, lo digas o no.

Total, que el siglo XXI dista mucho de ser la época dorada, y el 2016 se merece un adiós a lo grande. Este año se ha resistido a mis encantos, pero en esa lucha de poderes, hay personas, lugares y sobre todo, cosas de la vida que me han zarandeado y me han evocado momentos de parada, parálisis, inflexión, que no reflexión (ese fue el anterior), claridad y lucidez. Después de todo, hay algo que si sé: la tuerca no se fuerza para sacarla: sale solo.  Siempre sale solo.

Ahora, salgamos bien ligeros de este, que el siguiente promete.

Feliz 2017.

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