Sense of wonder

Es la frase que me inspira un domingo como el de hoy. Supongo que podría haberlo hecho mejor, como todo. Nunca sé cuál es la mejor forma de hacerlo, hasta ahora creía que el destino guiaba mis pasos pero, con el tiempo, me he dado cuenta de que quizá no sea del todo así. Es más como, camina y a ver qué pasa. Suéltalo y a ver qué pasa. Bésale y a ver qué pasa. Me siento frustrada porque, yo no creo en un dios, nunca lo he hecho, pero sí sentía que había algo ahí, susurrando en forma de hoja, de canción, de panel luminoso. Creo que ya no siento nada de eso.

(Suena “That home” de The Cinematic Orchestra. ¿En serio? Paso de ti, señal.)

Aun así, me gusta pensar que todavía me queda la intuición, aunque no sé a ciencia cierta cómo manejarla porque, a pesar de que casi siempre me dice lo correcto, las ocasiones en las que falla me hacen sentir peor que una indigestión. Por eso escribo, porque las palabras salen solas, y porque al cabo de un tiempo, cuando las releo, me doy cuenta que no he sido tan idiota y que ese “casi siempre” sigue ahí.

Algún día me gustaría contar mi historia, en forma de otra, con otros personajes, distintos escenarios, diálogos totalmente inventados. No parecerá auténtica, pero en ella esconderé recuerdos, y solo yo sabré en qué punto exacto se encontrarán. Siempre lo negaré cuando me pregunten, porque no voy a ser yo la protagonista de mi novela. Jamás. Nunca fui estrella y sé a ciencia cierta que eso no sería lo mío. Sólo lo haré porque alguien en algún sitio lo leerá y será capaz de todo. Incluso conseguiré que se cuestione si la autora escribió pensando en él. Ese es el objetivo y esa será la única razón.

La primera vez que escribí para que me leyeran fue una carta a mi madre, que aún sigue manteniendo en su cartera. Le decía, en un texto algo extenso, lo mucho que la quería. Yo no soy alguien a la que le cueste expresar sus sentimientos, al contrario, en ocasiones me excedo. En la adolescencia fui un baúl de secretos, bajo llave, metida en una caja fuerte, y aprendí que de nada sirve el silencio, porque el silencio en sí ya es una respuesta. Así que, supongo (de nuevo) que despegué sin ninguna intención de regresar. Y ahora, cual es mi sorpresa, cuando la vida me pone en un punto en el que quizá sea hora de volver al origen, a callar y a no escuchar tanto, a fingir que no me importa, a seguir sin mirar y a vivir sin sentir.

Yo no he sufrido aún. No he sufrido realmente, quiero decir. Afortunadamente, no he perdido a nadie que quisiera de verdad. Sí que hubo un momento en mi vida en el que me plantee si el camino que seguía en ese momento era el adecuado. Al final, decidí cambiar de dirección, con más obstáculos pero sabiendo a ciencia cierta qué era lo que yo quería para mí. El difícil, según dicen. El de enfrentarme a mis miedos, tomar decisiones, soportar las consecuencias y rezar para que se acaben. Porque el final, aunque no se vislumbre, promete ser el paisaje más bonito que veré. Pero es duro. Dios, sí que es duro.

Pienso que uno debería cuestionárselo todo, porque sólo así estará seguro de sí mismo. Siento que comienzo ese proceso ahora, pero sé que lleva gestándose mucho tiempo atrás. Me dijeron que el 25 sería la edad más confusa. Pues bien, puedo asegurar que del mío pienso hacerlo decisivo para la posteridad. No voy a revolver el mundo más de lo que está, tranquilo. De eso se encargará Trump. Pero si cambiaré el mío, en cada gesto, en cada acción que desarrolle y en cada pensamiento. Te digo esto porque, bueno, espero que descubras que la incertidumbre no importa demasiado, si aprendemos realmente a manejarla.

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